De cómo un país se entregó a la locura.


David De Pasquale (@Dave_51) – Frases como “¡Esta si es mi selección nacional!” o “Ahora si provoca ver a la Vinotinto” han pasado a ser de uso corriente en el colectivo venezolano, gracias a la actuación de nuestra representación patria en la recién finalizada Copa América.
Escuchar tales palabras provenientes de personas que, en la mayoría de los casos, ni siquiera tienen conocimiento de la existencia de nuestro torneo de 1ra división, logra llenar de alegría a los que seguimos nuestro balompié desde las épocas de las goleadas en contra, porque hoy vemos haciéndose realidad algo que por mucho tiempo habíamos soñado, la identificación de todo un país con su selección nacional.
Hace tan solo 12 años, ser un apasionado del futbol venezolano era considerado por nuestra sociedad, casi como un acto de locos. Pero, seamos francos, seguir el balompié de nuestro país antes del año 2000 era un acto de fe que prácticamente rozaba con la locura, casi siempre goleados y humillados, nos aferrábamos al recuerdo de derrotas decorosas como aquel 2-3 ante la Argentina de Maradona en 1985, o el 0-1 ante el Brasil de Zico en 1981, encuentros que muchos ni siquiera vieron y que solo podían imaginarse a partir de referencias encontradas en la prensa, videos o por cuentos de algún aficionado de la época, esperando inocentemente que nos llegase el milagro de conseguir una victoria, como si tal cosa pudiese caer del cielo.
Sin embargo, de vez en cuando, sucedían gestas en las cuales parecía que finalmente nuestra triste historia podía cambiar. Una de estas ocurrió en la Copa América de 1993 que se escenificó en Ecuador. Venezuela logró dos empates, un 2-2 ante Uruguay, y el muy recordado 3-3 ante Estados Unidos. Aquel encuentro ante los norteamericanos estuvo muy cargado de emotividad, pues la Vinotinto llego a estar perdiendo 3-0 faltando solo media hora para el final, y con una reacción épica, a fuerza de garra y corazón, logró empatarlo en el minuto 89.
Quien esto escribe ha confesado muchas veces que ese encuentro fue el que lo enamoró del futbol venezolano. Y es que en un país cuyo deporte número 1 no es el futbol, lo que lleva a una persona a hacerse fanática de un equipo o de la selección no es la afición tradicional familiar hacia una divisa, cosa inexistente en la mayoría de la gente que es poco (o nada) conocedora de nuestro balompié, ni la asociación con una región geográfica o ideología, nexo que en muchos casos es frágil debido a la inestabilidad y corta historia de los equipos. Son aquellos episodios heroicos que quedan en el recuerdo por su capacidad de mover nuestras emociones más básicas los que convierten a alguien indiferente en un apasionado. Sin duda alguna, la mejor prueba de lo anterior ha sido la recién finalizada Copa América Argentina 2011.
Venezuela desde el año 2000 en adelante fue reuniendo adeptos a su causa, gracias a los buenos resultados que se cosecharon a lo largo de esa década. Triunfos históricos como el 0-2 ante Chile en Santiago en el 2001, 0-3 ante Uruguay en Montevideo en el 2004, lo que hoy se conocemos como el “Centenariazo”, y el 0-1 ante Ecuador en Quito en el 2007, entre otros, fueron vitales para cambiar la imagen de victima que siempre iba ligada a nuestra selección nacional.
Pero a pesar de haber logrado nuestra mejor actuación histórica en las pasadas eliminatorias sudamericanas, quedando solo a 2 puntos de entrar al repechaje por el cupo a la Copa del Mundo Sudáfrica 2010, o el haber jugado un mundial sub-20, aun se encontraban muchos escépticos para los cuales la Vinotinto no había dado el salto de calidad que les hiciera cambiar su visión.
Pero esa visión cambió por completo en Argentina, sede de la Copa América 2011. Venezuela llegó a este torneo, como siempre, con un bajo perfil y candidato a ocupar la última plaza de su grupo. La Vinotinto se encargo de demostrarle a todos que había llegado para pelear por el título, empatando sin goles ante Brasil y venciendo a Ecuador.
Todo esto coronado por un momento cumbre, el empate 3-3 ante Paraguay. Si bien el resultado no fue de carácter histórico (ya se les había ganado anteriormente), estuvo cargado de emociones, por la forma en la cual se logró el resultado tras estar perdiendo 3-1 a falta de 20 minutos para finalizar el encuentro.
Este resultado, aunado a la cobertura mediática brindada por los canales de televisión y las emisoras de radio venezolanas, comparable con las realizadas en los mundiales, ayudó a masificar esa imagen de garra y pundonor del jugador Vinotinto, y con los cuales el colectivo nacional se ha sentido identificado. Venezuela finalizó el torneo en el 4to lugar, contra todo pronóstico. Su mejor figuración histórica en una Copa América.
Cosas impensables como ver plazas y restaurantes con pantallas gigantes, abarrotados para ver un juego de la Vinotinto en un torneo internacional, incluso ver niños jugando futbol, imaginando ser como Juan Arango, Renny Vega o Tomás Rincón, se convirtieron en imágenes habituales.
Un fervor jamás visto antes, ni tan siquiera por el beisbol, se extendió por todo el país. El tema de conversación principal era nuestra selección nacional de futbol, y como broche de oro, un recibimiento digno de héroes que se dio a la llegada de los jugadores a territorio patrio.
El venezolano común, aquel que solo pensaba en futbol cada 4 años, finalmente se identificó con la selección. Ojalá este sentimiento perdure y se extienda a nuestro torneo local, al cual tanto le hace falta.
Aquello que una vez fue considerado casi como un acto de locura, se ha convertido en la pasión de todo un país. Hoy todos compartimos esa hermosa locura, la locura por la Vinotinto.
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